Escribir siempre resulta agradable cuando la cantidad de cosas en la cabeza se vuelven un enredo sin sentido y no hay formas de aclararlas. No es que escribir las aclare pero permite exorcizarse de ellas, algo así. Este blog ha estado acá por mucho tiempo y casi siempre abandonado. Es fascinante ver otros blogs donde las letras y sus historias se sostienen. Muchas veces ni admiro lo que escriben sino la constancia con que lo hacen. Hasta han publicado libros de lo que escriben en sus páginas.
Ya me había preguntado por el tema de escribir en el blog. Los demás amigos habían escrito en los suyos propios y me amenazaron que tenía una deuda. La verdad es que sí he comenzado a escribir algunas historias que quería contarles a mis amigos por este medio pero siempre me he encontrado con que no tengo forma de encontrarles un final, ni siquiera un núcleo florido para avanzarla. Sumado a ello que mis amigos son escritores, al menos los digitales y yo no lo soy ni lo deseo, pero jugar a serlo de vez en cuando es divertido. En todo caso, el tema de las historias inconclusas es el punto de inflexión. Por ejemplo la siguiente:
“Marcos estaba sentado en una de las mesas traseras de la cafetería de la universidad cuando lo conocí. Yo caminaba aburrido después de dejarlo con mi novia. La verdad es que se fue con otro pero yo para cuidar mi dignidad la descubrí y le grité primero “te abandono”. Pudo verse como una pataleta infantil pero al menos creo que salve mi dignidad. Mi novia se había aburrido de compartir la cama conmigo. La historia es un poco penosa pero ya no tengo más que aceptarla. Las erecciones se me bajaban en la mitad del climax y ella sentía un abandono liminal en la proximidad de su orgasmo. Esto sucedía siempre que hacíamos el amor a plena luz. Mi fijación desagradable eran sus pies, o en realidad el segundo dedo que era más grande que todos y me distraía de una manera ridícula. No podía pensar en su sexo, ni en sus voluptuosos senos, sino en el bendito dedo del pie que siendo más largo que todos me hacía sentir que compartía la cama con otro miembro y eso era algo que no podía permitir, en esa cama solo había espacio para un macho y ese era yo. Bueno, decía que conocí a Marcos porque vine a sentarme a su mesa aprovechando que estaba solo.
-puedo sentarme? Le dije.
-Sí, no hay problema, solo que no estoy para conversar con nadie. Replicó.
Ya les dije que era arrogante pero me daba igual. Me senté y saqué un librito de resumen de la filosofía universal que cargo para camuflar mi mirada en lugares concurridos. Nunca lo he leído pero su tamaño es perfecto para mirar de reojo y fingir que soy una persona culta. Me senté a su lado mientras teatralizaba la lectura. Poco a poco me comenzó a llegar un fuerte olor al que empecé a rastrear disimuladamente. Al cabo de unos minutos no había duda que venía de Marco. Él se dio cuenta porque la nariz tiene sus propios gestos y la mía no era discreta y se movía a su voluntad desbaratando mi pose de intelectual.
-Sí, soy yo el que huele a pescado ¿Algún problema? La gente huele a muchas cosas, a pecueca, chucha, y hasta perfumes que se hacen hediondos, así que puedes marcharte si te molesta. Afirmó.
-En absoluto, solo que es realmente fuerte, y en una cafetería universitaria el pescado no es un olor común, de pronto sí la chucha y los perfumes hediondos, pero no te preocupes que me acostumbro rápidamente. Es más, todos olemos a algo y no hay forma de quitarnos ciertos olores. –repliqué como haciéndome el cómplice de una desgracia olorífica.
-Mira, no me importa si crees que es mi olor o que me lo he prendido hace poco.
-En serio, no me molesta, por el contrario, ya no lo siento. Se pasa rápido, no hay que sentir vergüenza por ello. –le dije tratando de suavizar el ambiente (nunca mejor dicho) porque notaba que se estaba enfureciendo.
Se quedó callado, yo quise seguir fingiendo mi lectura pero tomó aire y me lo contó:
-Disculpa si te hablo mal, es que me pasa algo terrible. No te conozco de nada pero me das confianza y la verdad no aguanto más.
- Si quieres contarme algo puedes hacerlo, es verdad que no me conoces de nada pero me gustan las historias de los demás, me parecen valiosas . –La verdad era que me gustaba el chisme, las historias de la gente me tienen sin cuidado, mucho más sin son de desamor como parecía que venía esta.
- Me he enamorado de una ballena. –confesó al fin rápidamente y se calló como arrepentido.
- Bueno, es no es grave todos no hemos enamorado de gente extraña. Una vez yo me enamoré de una mujer que parecía un fideo y no por ello tenemos que sentirnos mal. Las gordas tienen su sabor y suelen ser tiernas y detallistas.
Le dije el comentario típico queriendo bajar la gravedad, porque la verdad ante estas situaciones no se puede volver sobre el comentario de las viejas buenas, ricas, con curvas, sino que hay que ser suave.
- No es una mujer cualquiera….
Uf! Ay vamos! Como todas las mujeres que uno ama son lindas, perfectas y no hay otra como ella. En fin, yo lo acababa de dejar con mi novia y su dedo del pie no era de una mujer cualquier y estaba enamorado.
-… es la mujer de mi vida, o bueno, es la ballena de mi vida. Ella vive en el zoológico universitario “Rosa Vida” y voy a visitarle cada mañana, no le he podido confesar mi amor pero estoy seguro que siente lo mismo. Lo he notado en sus ojos. Cuando hace esas fantásticas y armónicas piruetas me mira por un par de segundos y allí puedo reconocer que no le soy indiferente. Sólo que no sé cómo acercarme, quisiera saber de una vez por todas si quisiera estar conmigo.
Y yo que pensaba que el dedo del pie de mi exnovia era un problema psicológico irreparable.
-Mira… cómo fue que me dijiste que te llamabas?
-Marco.
- Hola Marco, encantado yo soy René. Yo también he tenido ciertos amores que aún hoy me pregunto por qué los abandoné sin decirles una sola palabra. –Esto tenía que verlo, así que le dije- Yo podría ayudarte. Mientras distraigo al guardia intentas acercarte y le hablas, le confiesas tu amor y sales de dudas de una vez. Es sencillo.
Así lo hicimos, nos citamos casi llegado el medio día cuando cerraban parcialmente algunas partes del Zoológico para almorzar. Así que el guardia querría irse a comer y yo podría distraerlo fácilmente. Marco pudo hablar con Elena la Ballena y allí comenzó a crecer lo que sería nuestro pequeño grupo de resistencia. Elena abandonó el zoológico y se fue a vivir con Marco. Fue una etapa bastante difícil para la pareja.
La madre de Marco no quería que su hijo saliera con un cetáceo misteceto o como más explícitamente la llamaba “un pescado de mierda”. Pero que Marco la abandonara no era una opción. Toda una deshonra para una familia de clase media que espera que su hijo saliera de la facultad de medicina siendo todo un doctor y les diera el prestigio social que la sangre les había negado. Por su puesto esperaban casa, carro y nietos que ahora podrían ser ballenatos en caso que pudiesen procrear.
La sanciones sociales eran cada día vez más duras. Elena renunció al zoológico y con la indemnización tuvieron para un alquiler por un buen tiempo. Basta señalar que nadie quería arrendar para una ballena, eso nunca lo habían visto y además era demasiado grande para que pudiera quedarse en cualquier apartamento. Finalmente una vieja casa alemana abandonada por los años fue la solución que la pareja encontró como refugió a bajo costo y con espacio para su amor. Comenzamos a reunirnos más de seguido y a montar unas buenas fiestas. Nos volvimos cómplices y nos dimos cuenta que podríamos exigir el derecho a la diferencia la que en este caso no era racial o cultural sino la diferencia del gusto, del deseo o del amor. Así decimos montar entre los tres un pequeño grupo para buscar gente que estuviera igual y apoyarnos en nuestras diferencias.
II.
Las reuniones eran geniales con Marco y Elena, ya me había acostumbrado a su olor aunque no le entendía muy bien su español enredado, más bien dificultoso que se le quedaba entre sus inmensas mandíbulas. Su casa iba creciendo, dormían en tres colchones inflables inmensos y con una manguera que colgaba en la pared que usaba Elena para echarse agua. El día que compraron un sofá, que en realidad era una suma de cojines inmensos cocidos uno a los otros decidimos hacer una fiesta de inauguración abierta para la gente de la universidad. Seguro tendríamos buena concurrencia, aunque fuera porque la gente querría ver la ballena. Eso sí, cobraríamos un cover que serviría de ayuda para la comida de la pareja y de Elena que tragaba un montón.
La concurrencia llegó, todos saludando, bebiendo, cantando y bailando. Cuando sonó “El preso”, la canción preferida de Elena, todos salieron despavoridos por los rincones de la casa mientras ella junto a Marco movían sus cuerpos rítmicamente haciendo saltitos y vueltas. Y es que Elena bailaba muy bien, los espectáculos del zoológico la había dotado de habilidades para las danzas y allí estaba, moviendo de un lado al otro a su pareja que más bien parecía un manatí recién cazado. Entre el bullicio del baile vi algo más interesante. Una chiquilla de 16 años se arrimaba a la gente, y de manera disimulada les lamía con destreza un pedazo de su cuello, del pelo, de la mano. Era una lamida que no superaba las milésimas de segundo pero que le dejaba en sus ojos una eterna tranquilidad. Supe desde el principio que otra rarita venía a nuestro grupo.
-Hola, estás lamiendo a la gente?
Dije directamente, sin rodeos y aprovechando que sentía con algo de autoridad por edad.
-No, yo no estoy lamiendo a nadie, no sé de qué me habla.
Y fue caminando directo a la salida.
-Oiga, sardina, espere, no se ponga de mal genio.
Y la perseguí, la cogí de un abrazo con un poco de violencia. Ella se volteó y me metió una lambida en la mano con la que quedé juagado en saliva.
-De por Dios pelada, que asco, no joda, después dice que no estaba lamiendo a la gente.
-Disculpe, no vaya a pensar mal, es algo raro que me pasa, no lo puedo evitar, por favor no se lo cuente a nadie.
-No se preocupe, todos tenemos algo raro pero nosotros no lo juzgamos, por el contrario, nos reunimos para hablar de ello, apoyarnos y saciar nuestras necesidades, así fue como Marco terminó junto a Elena.
-En serio? Maravilloso, bueno, digo, que alguien pueda entender las cosas de los demás.
Le invité a tomar una cerveza y nos dirigimos a uno de los cuartos de la casa en el que no pudimos entrar porque una pareja de muchachos se besaba apasionadamente y algunas cosas más. Nos reímos y fuimos a la cocina donde me contó lo que le pasaba.
-No puedo entablar una relación con la gente si no la lamo antes. Ni siquiera puedo hablar muchas cosas, más que un saludo o despedida. Siento un miedo inmenso porque desconozco a la persona que no he lamido, es como si no existiera o fuera un fantasma. Cuando lamo, sé quién es, es como si me quitara un velo de los ojos, entonces puedo reconocerla, hablarle, confiarle, o bueno, no todo el mundo es buena gente, así que cuando los lamo tengo la opción de distanciarme porque los conozco. Puedo saber muchas cosas de la gente con solo una lamida.
Me pareció genial. Ya no solo podíamos tener un grupo de gente extraña sino con superpoderes que podría descubrir crímenes con solo un lengüetazo, algo así como los poderes mentales pero con las papilas.
-Oye y desde cuando eres así? Naciste con esta cualidad?
-No. Me ha pasado desde hace 4 años. Al principio era solo como un impulso pero no me afectaba mi vida social pero después fue más intenso hasta que ya no pude relacionarme sin antes lamer. En un primer momento sentía si la gente me daba confianza o no, pero después veía como trozos de película, es como si las imágenes fueran los ejemplos de mi sensación. Eso ha sido muy horrible.
-Bueno, supongo, y has visto cosas muy feas?"
Y así, otra vez, con el impulso a secas. No es la única, ya había tenido las pesadillas de otras historias que iba escribiendo, por ejemplo la de los conejos:
"Son apenas 13 conejos y un infiltrado pero valen por todo un batallón si tenemos en cuenta que nunca paran de moverse (y según me parece de intentar reproducirse). Ayer fue complicado. Estuvieron subiendo y bajando todo el día, como desesperados, pese a que habían comido y bebido lo suficiente. No les faltaba de nada pero buscaron y se comieron los libros que estaban en la primera banda. Hubiera preferido que comieran los textos de inglés pero además como exquisitos metieron diente a los de Giovanny Papini, la única edición de Raul Gomez Jattin, unos cuenticos de un amigo mio, uno de Leante, otro de Roncagliolo, uno que me recomendaron y que apenas leía de Jean Cocteau, y uno de Gabriel García Marquez que me dolió menos. No es que no se consigan pero a larga distancia de cualquier editorial hispana son prácticamente un tesoro, máxime si hablas poco o nada el inglés.
Muy de mañana los enfilé y les quité el alimento. Me puse muy serio y les dije los regañé por los daños y les prometí meterlos en la cazuela si había otro desliz. De todas formas sé que con su carita de buenos les importa muy poco su suerte por lo que debería ajusticiarlos directamente.
Aunque se parecen ya los he ido distinguiendo. El que más me preocupa es el infiltrado, es el más bonito pero estoy seguro que es una rata disfrazada. Un día trate de quitarle la piel pero apenas sintió la tensión de mi mano echó a correr.
Antes de sentarme a escribir fui esta tarde al conejólogo cerca a la estación del tren. Le conté sobre mis 13 conejos y mis sospechas del infiltrado. Me hizo algunas preguntas y me tranquilizó con parte: “si no te molestan para dormir no tienes muchos problemas”. Me contó de algunos pacientes suyos, realmente graves, eran alérgicos a su piel y tenían entre 25 y 30 conejos, una cosa realmente brutal, si además tenemos en cuenta su facilidad para reproducirse. A otro paciente le creaba escozor la piel de abajo, una sensación angustiante que le despertaba gritando de horror sensorial. Muchos otros, quizás los pacientes en riesgo, no habían visto los conejos y corrían el peligro de que se multiplicase y terminaran por meterse en su boca al dormir e inundaran la casa, la oficina, se le metieran entre los pies al caminar, hasta de pronto morir asfixiados, que era lo más seguro.
El problema y esto me lo señaló bien el conejólogo: “no puedes mantenerte con todos”. Debería hacer un control de natalidad. Me pareció horrendo y triste pero por salud no se podía tener más de 12 conejos por persona. Así que aquí estoy, sobran dos de momento".
Cosas como esas pasan. Entonces el cuento debería girar a matar algún conejo? Es triste que no siquiera haya podido conocerlos bien, elaborarles un perfil, hablar con ellos, descubrir a ciencia cierta de qué se trata el tema de los conejos y ya toca matar alguno. Esas son las cosas malas de escribir porque siempre hay una traición de alguno de los “Yo”. Esta no era la única historia inconclusa. Estaba la historia iniciada de las cuatro hermanas que iniciaba
"Las cuatro hermanas vivieron hasta el día fatídico que un pueblerino mal vestido se enamoró de la menor. Nacieron cada nueve meses una detrás de la otra y se fueron encarrando en una cama-cuna hasta convertirse en una sola carne".
Cuando vi la historia me pareció muy buena. Imagínese, cuatro hermanas viviendo lo mismo. Lo cierto es que sí existieron, durmieron en la misma cama hasta los 45 años hasta que murieron por la misma razón que las mantuvo vivas. En fin.
El tema es que esto de mantener los exorcismos a medias es como una medio demonización que nunca termina de aflorar o eliminarse. Al final, siguiendo la terapia freudiana, podemos decir que es una sesión para aliviar, parcialmente el yo-digital que todos llevamos dentro.