La tía Lola y el tío Jorge fueron los encargados de llevarnos. Me pareció un poco desilusionante que la arena fuera gris porque creí que era blanca. Aún así, me animaba la posibilidad de que nos atacara un tiburón, una raya o una ballena orca asesina.
El agua del mar sabe muy fuerte, es como la cerveza que toman los adultos pero más agria y te deja la garganta adolorida y la nariz seca porque te saca los mocos y muchas veces te hace arder el cerebro.
Mi prima María iba feliz porque estrenaba un vestido de baño de color morado, el primo Marcos que ya había ido al mar otra vez iba con una pantaloneta larga y yo con un bañador de calzoncillo azul.
A la llegada, míos tíos dijeron que nos quitáramos la ropa si queríamos entrar al agua y María se desnudó y echó a correr. La tuvieron que perseguir varios metros avergonzados porque los adultos siempre se ponen rojos cuando los niños muestran sus partes nobles.
Jugamos con María a saltar las olas, al tiburón y a los exploradores. María era la dama de compañía del marino o la sirena del pirata. Casi nunca le gustaba ser el tiburón porque según me explicó las mujeres son las acompañantes de los malos pero sin ser malas.
Marco no quiso jugar porque él ya conocía el mar y no quería meterse con nosotros. Yo prefería que se quedara alejado porque es más grande y sabe de todo y nos gana a los juegos. Es presumido porque es el millonario de la familia pero él puede serlo porque el que es rico dicen que tiene el permiso de marranear. Es tan millonario que siempre en su casa comen pollo y pizza, le dejan tomar gaseosa, le dan paquetes para el recreo y plata para comprar en la cafetería. A mí me gustaría tener plata para no comer siempre jugo de plátano y sanduche de huevo, pero nosotros somos más pobres que Marco. “Pobres pero honrados”, dice mi mamá. La tía Lola y el tío Jorge no son ricos pero tampoco se metieron al mar, solo los pies para refrescarse un poquito y cuidarnos.
Lo malo de ir al mar es que te echan mucha crema y mi tía tiene cayos en las manos que te raspan la cara y la espalda. También tiene un callo grande como otro dedo en el pie que le salió por andar sin zapatos y que le duele cuando se pone los tacones para ir a misa. Lo malo es que los pies le huelen a pecueca pero no le decimos porque es de mal genio y nos puede voltear la cara. Mi tío Jorge tiene el cayo en el estómago porque dicen que tomó mucha cerveza cuando joven, y mi mamá dice que es porque come empanadas en la esquina del barrio con aceite recalentado. Yo no quiero que me salga ese cayo pero es más bonito que el que tiene mi tía Lola.
Lo mejor de todo el día es que en el mar uno es libre, no tiene que avisar si quiere hacer necesidades. Mi tía Lola me dio permiso de orinar dentro porque todas las personas desde el chiquito hasta el adulto pueden hacerlo. Me pareció genial que uno pueda orinar y jugar en el mar. Si además se pudiera comer sería mejor. Las sirenas viven en el mar porque ellas además se les permite comer y tener novios marineros. A mí no me dejan tener novia porque todavía no debo enamorarme, igual, no me gustan las niñas, ni casarme, ni hacer niños. Mejor es jugar al futbol como los hombres.
Marco al final del día se metió al mar y nado mostrándonos lo que aprendía en las clases que su padre le paga para que no se ahogara. Nos dijo que en el fondo viven pulpos que estrangulan niños pero que a él no le hacen nada porque se hicieron amigos el año pasado cuando fue de vacaciones. Mientras el primo nadaba yo prefería jugar a espantar las gaviotas, en cambio María lo miraba como boba. Nadar no es gran cosa, es más valiente enfrentarse a un cocodrilo pero en el mar no había porque no les gusta la sal.
La tarde la pasé solo porque Marco se puso muy creído a enseñarle a María a nadar. Hice un castillo para defender a mis tíos de una invasión y mi tía me apretó muy fuerte el cachete casi sacándome la sangre pero después me dio pesos para comprar golosinas.
Cuando la noche fue entrando mis tíos se metieron corriendo al mar porque Marco se había perdido. Llegó la policía y unos señores con tablas se metieron a buscarlo. Mi primo siempre le gusta llamar la atención y se quedó muchas horas en el mar. Le dije insistentemente a mi tía mientras lloraba, que estaba con los pulpos que eran sus amigos pero nadie me escuchó. Lo mismo pasó con la Policía que nunca les cree a los niños. María que había escuchado la historia se sentó a mi lado a esperar mientras el primo les jugaba la broma. En todo caso, el primo se quedó a pasar la noche porque nos había dicho que en las cuevas de los pulpos se puede dormir con máscaras que ellos les dan. Ahora todos están muy tristes pero nadie quiere creernos en donde está. Allá ellos.