Miro por la ventana y veo un campo verde con algunas casas llenas de jardines. Me figuro –porque siempre me figuro igual- que puedo estar en una película y que algún enredo sucederá de un momento al otro. Mientras espero que algo pase o aparezca el protagonista me pongo a pensar en las muchas ventanas que he mirado y en las miles de películas en las que me he sentido. Las ventanas de Bilbao eran de un color nostálgico y me figuraba como un escritor (sin serlo claramente) que intenta poner las más melancólicas escenas a sus personajes –quizás él, quizás de otro-. Esta película bilbaína era lo más parecido a idea que puedo tener de un Cortazar, un Gabriel García Marquez, o cualquier escritor de los que han vivido en el continente norte, viendo su ventanal y escribiendo las novelas que luego fueron de sobra conocidas. Me los imagino, ahí lejos del vallenato pensando en vallenato, sol y playa mientras se ve llover suavemente.
Diferente era el ventanal peruano. Ya no podía figurarme como escritor. Por mi ventana se veían a lo lejos las montañas que en la cosmovisión andina son seres vivos con los cuales se interactúa y se armoniza, los llamados Apus. Esos Apus eran parte de un sistema de seres en un espacio vital que compartían con la Mama Cocha (Agua), el Uku, Kay, Hanan Pacha (mundo de abajo, mundo de aquí y mundo de arriba). La ventana me pone en sobreaviso sobre la necesidad de poner en juego esta cosmovisión por el mundo para tratar de buscar una oportunidad por fuera de la mirada occidental. Entonces imagino a Hegel dialogando con un Apu y luego el Apu regañando a Hegel, así pongo en juego personajes occidentales contrastando con cosas que a lo mejor no puedan comprender. Y me paso las horas así.
De la película andina salto al ventanal australiano, en un rinconcito de Sydney, bajo 26 grados y con barrios desiertos, bonitos pero solos, con carros fantasmas que no conduce nadie (conducen a la izquierda), con un tren que finge de metro y que pasea como una maquina antigua de las películas del siglo XIX piloteándose sola. En ese ventanal la tranquilidad opera y la soledad se abraza sin hacer daño. Al final, aunque estés felizmente acompañado, siempre se guarda, por suerte, un poco de soledad. Y así, con las nuevas ganas de meterme en las películas del ventanal comienzo a ir de la costa al interior, con la inmensa claridad de conocer apasionadamente el mundo que se esconde en mi ignorancia. Y me finjo que estoy atravesando los desiertos, mirando desde otro rincón la cruz del sur, viendo en cada personaje que destila el día personajes que se ajustan a las historias que armo y luego olvido.
En esas lucubraciones casi ridículas me empiezo a percatar de otra realidad, alguna suprarealidad, más lejana de la realidad pero más fuerte que ella misma. En este cielo de Sydney, si vale la metáfora, la tranquilidad de sus calles a su interior, deja un miedo enorme producido por el silencio de las personas y el bullicio de grillos y pájaros. ¿Acaso estoy en un barrio fantasma? En los barrios fantasmas siempre habla la naturaleza y los carros se conducen solos. Parece que allí estoy en ese solitario barrio. Entra, como siempre, la duda de ser uno mismo un fantasma que en el pasado murió también sin darse cuenta. Me digo a mis adentro, que debo jalarme el dedo para ver si se me estira. Si se estira es porque estoy muerto. Al final me dejo quieto el dedo y prefiero seguir observando algún detalle que me saque de mi nueva preocupación: pasar de vivir en un barrio fantasma a ser un fantasma. Por fin aparece una señora a lo lejos. Me quedo esperándola para sonreírle. Es posible que ella esté muerta también pero alguna pista podré sacar. Llega al lado mio, la miro para atraerla y sonreírle pero pasa derecho como si yo no estuviera. Por mi pinta de moro puedo creer que estoy muerto porque al menos alguna actitud hubiera tomado.
Pienso en que puedo tirarme a un carro y ver si me duele algo. A los fantasmas no les duele nada, sin embargo, parece una opción bastante riesgosa. Prefiero entonces dar una vuelta al barrio y verificar la existencia de alguna actividad, por ejemplo, una venta de pizza o de pollo. Los fantasmas no comen pollo o pizza porque no tienen cuerpo. Es una buena idea. Salgo, camino, busco el pollo o la pizza, nadie hay en el barrio, solo pasan los carros fantasmas y llego por fin al comercio central. Sí, en efecto es un barrio sin vida carnal porque todo está cerrado, aunque no parece que haya sido destruido por una bomba, solo cerrado.
Me siento en el banco preocupado, o al menos creo que me siento porque hay que recordar que los fantasmas creen que están vivos, y espero y espero. Pasa el tiempo y una sensación humana empieza a recorrer el cuerpo sin que yo lo crea, llega de repente y me doy cuenta, o creo que me doy cuenta que tengo hambre y que suelo recordar que no he ido al baño en dos días. Lo del hambre me hace pensar que estoy vivo pero n ir a hacer necesidades es cosa de fantasmas. Pienso que en cosas estúpidas, por ejemplo, que no usar cosas de baño siendo fantasma sería un ahorro, en todo caso, lo que ahorre no me servirá para la cerveza porque en caso de estar muerto no debería beber.
Voy de nuevo al centro comercial, no hay nadie, y me quedo tumbado largamente, sabiendo que estoy vivo o muerto, pensando qué hacer con todo esto que ahora me pertenece, porque vivo o muerto, en este barrio, al parecer, solo vivo yo.
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